“La ventana”

 

Y ocurre que, lo que da consciencia de existir, son nuestras percepciones de los sentidos, de los sentires, de las emociones… Y que deberían ser –por su naturaleza- persistentes, perseverantes, en permanente estado de alza. Resulta… resulta que se hacen y se presentan, en esta trayectoria de este tiempo, como frágiles, débiles, fluctuantes, inseguras… casi derrotadas. 

Esto hace, sin duda, que la transfiguración de esos ánimos, de esos sentidos, de esos sentires, a la hora de la realización, conlleve una realización y una estructuración, en cuanto a haceres, con escasa calidad. 

El ánima que nos significa y nos da la llamada de que estamos… tiene su procedencia en el Misterio Creador: el que apuesta cada ama-necer por nosotros. 

La trayectoria que ha llevado la materia viviente humana ha sido la de apoderarse… –en base a esos sentires, emociones y sentidos, y a través del descubrir y aprender- apoderarse de lo estructurado, de lo material, de lo rentable, de lo productivo, de lo acumulable. 

Y, en consecuencia, ha separado… –ha separado “virtualmente”, porque es inseparable- ha separado lo que es la vida afectiva, emocional, de sentires, de lo que es la vida de haceres, de quereres, de realizaciones; con lo cual, evidentemente, tiene que buscar sistemas de evasión para sentirse lo que es, quien es. Y, consecuentemente, la vida de la realización va a ser un trastoque y un enfrentamiento permanente, siempre buscando el lado débil, el lado de posible fractura, el lado del error. 

Estas consideraciones orantes no son tajantes, son subjetivas y relativas, para que el ser recoja lo que le corresponde. 

Pero que no pierda la unicidad de su ser. Una unicidad que va desde la unicidad de saber o tener consciencia de que soy y que estoy, hasta trascender y saber que soy y estoy gracias a que me mantienen, me entretienen, me transportan, me llevan y me ponen. 

La codiciada tendencia de humanidad lleva a ordenar, clasificar, distribuir y establecer –para entendernos- como un plan… “divino”; como se imagina el hombre que es lo divino. Y así tiene estructurados sus sentires, emociones, sus intereses, sus proyectos… 

Y ocurre, claro, que –como dice el dicho: “El hombre propone, y Dios dispone”- en ese trayecto, tiene que hacer numerosas rectificaciones, más tarde o más pronto. 

Y ahí aparece la consciencia de “el fracaso”.

Y con la consciencia del fracaso, para sobreponerse en alguna medida a ello, aparece el prejuicio y la crítica. 

Así se disimula el fracaso: buscando, de una forma o de otra, hacer que los demás piensen que han fracasado, menos yo, que sé que he fracasado, pero no estoy dispuesto a asumirlo y revertirlo… por la prepotencia y la vanidad del proyecto A, B o C que no salió, que no se cumplió… o que creo que fracasó.

Es el crónico problema del saber –el saber como experiencia de “verdad”-, que se suele esgrimir habitualmente: “Porque así lo veo yo. Porque así creo que es”. 

Ese saber tiene una equiparación con lo divino… En consecuencia, difícil es aceptar un fracaso, y por ello aparecen el prejuicio y la crítica: como salvamento. 

No se es del todo consciente de este mecanismo, pero sería bueno evaluarse en un solo día, y ver todas las críticas y todos los prejuicios que se ejercen. Y a lo mejor así surge la pregunta de “en qué he fracasado”.

Porque, por otra parte, si no se ha fracasado, la tendencia es a imponer la verdad del triunfo, del éxito, y deducir de ello las razones y las explicaciones de la auténtica verdad. 

Es igualmente… nefasto, pero, mientras dura –mientras dura- se hace exitoso. 

El vivir no es ni éxito ni fracaso. El vivir es la culminación de un infinito amor que nos permite estar. Y estar en consciencia… en sentires, emociones… 

Vivir es una Creación. No la rebajemos al éxito o al fracaso. No la rebajemos a la derrota. No la rebajemos a la… pluripotencia de la razón y la verdad. 

La Llamada Orante, en consecuencia, nos llama a regular ese… –por lo menos a regular- ese sentido crítico prejuicioso que sólo ve lo posiblemente dañino y peligroso, pero que no acaba de asumir –ni en consciencia ni en convivencia- que es una apuesta divina. ¡Que cada ser es una apuesta divina!

Y si queremos apurar el lenguaje –y hacerlo vulgar pero claro-, “es una apuesta divina destinada al éxito”. 

“Ah… Es decir que la Creación… –somos una creación (por la Creación) de misterio- ¿apuesta por nosotros?”

El éxito, el triunfo, el logro o el deslogro es una falsedad producto del conoci-miento, imposición y dominio, que establece qué es lo mejor y cómo. 

Y acompañan a esos sentires de fracasos, críticas y demás, los llamados “tormentos”. Como tormentas. Sí. Ese tormento que experimenta el ser de humanidad en este transcurso, según el cual, el mundo no está hecho a su medida. 

Y se atormenta. Se atormenta porque, reducido a su consciencia de verdad, no obtiene obediencia y no obtiene plegamiento ni beneplácito, de lo que le rodea. 

Y así, se atormenta por cualquier circunstancia que no sea la que deba ocurrir según su saber, pensar, entender, conocer… 

Y así, cada instante puede ser tormentoso. 

Ahora serán más, rayos; luego serán más, truenos; luego serán más, grises; luego serán más… lluviosos… Pero la tormenta atormenta. 

Parece que el mundo no nos quiere. Parece que el mundo está en contra. Y tanto lo parece que el ser se lo cree. Se atormenta y rompe vínculos, vehículos, conexiones, relaciones…, buscando doblegar al mundo para que éste le obedezca. 

Como así no será, terminará maldiciendo al mundo… y desdeñando a todos los seres. 

Nada de ello es propio de una Creación. Nada de ello es propio de un Misterio, de una presencia, en seres con recursos, medios y capacidades. 

 

“La ventana”.

Sí. Ante todo lo transcurrido de Llamada Orante, nos tenemos que… “concurrir” a una ventana. 

Una ventana, que es lugar que permite la entrada de aire. 

Una ventana que permite la entrada de la luz.

Una ventana que permite la entrada del aroma. 

El aire, como inspiración. La luz, como esperanza. El aroma, como instancia de amor. 

Esa ventana está ahí siempre, en cada ser. Y cuando todas esas tendencias nos lleven a ese –en definitiva- “dolor del alma”: la ventana. 

-¿La ventana?

La ventana: el aire de la inspiración, la luz de la fe, el aroma del amor. 

Como si fuera un periódico: “¡Ha salido la ventana! ¡Ya está aquí la ventana!”.

Sí, siempre va a ocurrir que se quieren ventanales o se quieren ventanas más grandes; o a veces, al contrario: se desea que sean pequeñas. 

Si llegamos a captar la esencia del aire, de la luz y del aroma, dejaremos de reclamar el tamaño de la ventana.

“¡Ha salido la ventana! ¡Está aquí la ventana!”. 

Ha salido la ventana y es lunes, como la llamada de un comienzo. 

Ha salido, se ha puesto en evidencia, la ventana: el aire que respiro, la luz de la vigilia, y el aroma de lo que amo, ¡de lo que me aman!

Ha salido lo que hay… que se tenía ahí. Que por momentos, sonaba; que por momentos, se olía; que por momentos, se veía. Por momentos. Pero que no acababa de concretarse. Estando como estamos en este tiempo de humanidad, de concretar, de precisar, de ‘exactivizar’, para controlar y dominar mejor, pues ahí está la ventana. 

Cierto es… Cierto es que podemos ver la ventana, y ponerle cortinas. 

Cierto es que podemos ver la ventana, y cerrarla. 

Pero la luz, sin el aire y el aroma, no es suficiente. 

Hay que dejar la ventana abierta. 

No precisa más adorno que el sabernos sintonizados con la luz de la fe, de la esperanza; con el aroma del amar: de lo que amamos y de ¡todo lo que nos aman!; y con la inspiración de nuestra creatividad, y de la creatividad y la Creación que nos rodea. 

“La Ventana”.

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